La edad de la voluntad I

Jueves 16 de Abril de 2009

Alejandro  Mauricio González Espinoza

 

                Mientras nosotros, mortales habitantes de una tierra media, pasamos uno a uno los años, lustros y décadas de la polifrasética dimensión temporal -en razón de los millones de libros y guiones escritos al respecto- y no sólo pasamos sino que repasamos esas pasadas épocas, otro grupo de seres humanos se dedica a vivirlas, deteniéndose con deleite en la suavidad de sus pliegues tan fugazmente eternos.

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Son los adultos del mañana, actuales adolescentes, que pasan y repasan el carrete del fin… de semana, a propósito ¿sabía usted que adolescencia no es adolecer? Refiérese más bien a ad olorem, es decir, que huele, Quien es padre de un adolescente entenderá lo que esto significa. Quienes pasamos por las veraniegas aulas de 7ºs, 8ºs y Iºs podemos apreciar en todo su esplendor este significado.

 

Creo entender que este aromático período de nuestras vidas se puede caracterizar desde la biología –espinillas y revolución hormonal incluida- de manera más o menos universal. En cambio desde la sociología su universalidad puede discutirse. Todos conocemos y envidiamos aquellas sociedades que han ritualizado esta etapa en ceremoniales de iniciación de divina brevedad, mientras que las sociedades occidentales la letanizan en dichosos años de educación, a cargo por supuesto de sus humildes servidores los docentes.

 

¿Podríamos nosotros considerar adultos a nuestros jóvenes entre 13 y 18 años? La respuesta, una respuesta que de cuenta de la generalidad y que por defecto describa la particularidad, surge desde distintas ópticas: Culturalmente, no. Económicamente, tampoco. Educacionalmente, todavía menos. Biológicamente, casi casi. Espiritualmente, ja. Intelectualmente, hmmmm. Sexualmente (ineludible… lo siento), sip.

 

Quizás la diferencia más notoria entre los adolescentes de sociedades “primitivas” y aquellos de sociedades “civilizadas” es que los primeros saben perfectamente cuales son sus perspectivas y futuro. Mientras que nuestros ale-2adolescentes quedan enmarañados en una red de opciones cada vez más amplia, además de las restricciones necesarias de imponerles para su adecuada preparación a una productiva vida en sociedad. ¿Resultado de esta tensión? El “síndrome de la lata profunda”, la notoria ausencia de voluntad, aquella falta de fortaleza no sólo física, sino también existencial, que aviva y alimenta el esfuerzo por alcanzar el logro de los objetivos propuestos. Y aquí se cierra el círculo de un vicio cómodamente aposentado.

 

Se nos hace imperiosa entonces, la necesidad de despejar los horizontes, y así fortalecer las voluntades, aunque sea en parte, esto ya es importante. Vamos pues, pongamos manos a la obra, que no es poca la tarea: Modelar a los jóvenes a su imagen y semejanza.

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