La edad de la voluntad II
Alejandro Mauricio González Espinoza
Ya que habíamos comenzado a hablar de la adolescencia y el vacío que, como aquellos momentos de calma ventosa en el mar que no logra impulsar a las barcas a destino alguno, surge en algunos casos a la forma de voluntad ausente o frágil. Permítome sugerir algunas ideas que nos aproximen al abordaje –estamos cerca del mes del mar de ahí los símiles náuticos- de la cuestión:
1. La voluntad necesita un aprendizaje gradual, que se consigue con la repetición de actos en donde uno se vence, lucha y cae, y vuelve a empezar. Esto es lo que conocemos como hábito, y por demás bueno. Pregunta ¿Enseñamos a nuestros jóvenes a vencerse o los preparamos para vencer? La diferencia entre una y otra visión es notoria. La primera implica aceptar el sufrimiento, la segunda es más bien causar sufrimiento. La primera puede, merece y necesita ser cooperativa, la segunda es competitiva. Y así surgen contrapuenteados vis a vis.
2. Para tener voluntad hay que empezar por negarse o vencerse en los gustos, los estímulos y las inclinaciones inmediatas. Esto como ejercicio de libertad, pues implica dejar caer aquellos lastres que impiden tomar altura. Aprender a postergar, cultivar la paciencia, qué difícil esto en un mundo instantáneo, donde los deseos son mandamientos, que terminan esclavizándonos.
3. Cualquier aprendizaje se adquiere con más facilidad a medida que la motivación es mayor. El que no sabe lo que quiere, el que no tiene la ilusión de alcanzar algo, difícilmente tendrá la voluntad preparada para la lucha.
4. Tener objetivos claros, precisos, bien delimitados y estables. Querer es pretender algo concreto y renunciar a todo lo que distraiga y desvíe de los objetivos trazados. Esto queda bien para un adulto ¿y nuestros jóvenes? Sin ser ellos adultos se preparan para ello, en un ambiente protegido y dedicado en la forma y fondo a ellos. Queda ahora la “injundia”, decían en el campo, que pueda o no aprovecharse.
5. Toda educación de la voluntad tiene un fondo ascético, especialmente en sus comienzos. Hay que saber conducir las ansias juveniles hacia una meta que merezca realmente la pena. Ahí es donde resulta decisiva la tarea del educador por un lado, y la de los padres, por otro. Ahora bien ¿cuál es la meta que vale realmente la pena?… Pregunta para concurso.
Y así suma y sigue. Esperando contar con un decálogo que dibuje el territorio, dejo esta simple disquisición para una tercera parte y final, “El regreso de la voluntad” o “la voluntad contraataca”, que bien lo merecen nuestros jóvenes.

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