LOS AÑOS… QUEDAN
Alejandro González Espinoza
agonzalez@cph.cl
Quiero hacer una reflexión que hilvane el próximo cumpleaños número 111 de nuestro Colegio Seminario Padre Alberto Hurtado, con los tiernos 18 de nuestros estudiantes más longevos, y los “titantos” de nosotros los profesores.
Filigranesca misión, puntillosa y fácil de hacer caer en el error, pero de éstos muchos ya he cometido como para avergonzarme ahora, y de todas formas diga lo que diga o escriba lo que escriba, seguramente me equivocaré, así que no habiendo diferencias, me lanzo en picada en la tarea anunciada.
Varias generaciones ya he visto pasar, todas memorables, eso sin duda. Y mientras más nivosa nuestras sienes, más cascadas nuestras voces y gravitadas nuestras barrigas, más jóvenes estudiantes habremos visto pasar por las aulas ¿Cuántas almas habrán pasado en 111 años por nuestro colegio?, muy difícil de establecer, muchísimas es el rango que en conciencia me atrevo a arriesgar.
Un detalle es el que quiero resaltar, como si de plata fina se tratase. En estos años, los únicos que envejecen son los profesores. Nunca la institución, ella sólo se robustece, se ennoblece, añeja deliciosos caldos en odres siempre nuevos. Porque eso son los alumnos, siempre odres nuevos, nunca envejecen, jamás cambian sus edades estos bribones, siempre los mismos 18 años del último curso, para burla y oprobio del docente.
¿Cómo se atreven a detener en ellos el tiempo? Irreverente actitud la de estos mozos, una más de tantas, es cierto, pero no por ello menos dolorosa.
Quizás debiera dar gracias a Dios por esta curiosa conjunción. La edad acumula conocimientos, vivencias, dolores, triunfos y derrotas, que puestas en salazón un par de décadas, entibiadas a baño María, o Juanita, o Leonor, o como se llame el amor del lector, y servidas en Dios, se vuelven en vitamínicas y alimenticias píldoras de sabiduría. Esa que con hambre de 18 años busca afanosamente la juventud dentro del refrigerador, sin hallarla jamás, por eso es que retornan tan frecuentemente a él.
Ver a nuestros alumnos y alumnas celebrar con brío jubiloso un aniversario más, es ver a la juventud de antaño celebrar con el mismo brío y júbilo la misma fecha. La diferencia la hacemos nosotros, los docentes que podremos, merced a nuestra antigüedad que buen grado constituye, guiar estos bríos jubilosos por sendas que fomenten el crecimiento verdadero ¿qué más podríamos pedir? Esta es la concreción de un llamado, de una vocación en plenitud. A festejar entonces, y a gozar de los años bien ganados.
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