Ven Espíritu Santo
Christian Sanhueza Rivas

Desde niños, la paloma, toda ella blanca, ha sido un signo muy recordado de la venida del Espíritu Santo. Más tarde, en los albores de la adolescencia, la llamita desprendida de una vela, otro signo rutilante de la presencia del Espíritu. Ya cuando más jóvenes, el símbolo que marcó a fuego nuestras mentes y nuestros corazones: la fogata (en aquellos tiempos se hacían fogatas).
Lo que queremos decir con esto es que “la venida del Espíritu Santo” nos ha acompañado desde nuestra más tierna infancia. Sin embargo, sigue siendo un misterio que nos cuesta comprender, una fiesta que se vive como tantas, pero que no logra impulsarnos como lo hiciera con los Apóstoles: “Entonces aparecieron lenguas como de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu los movía a expresarse.” (Hech 2, 3-4)
Cristo es el camino, la verdad y la vida. Después de subir al cielo, envió al Espíritu de unidad que llama a la Iglesia a vivir en comunión interior y a cumplir la misión evangelizadora en el mundo.
Es Jesús mismo quien se va junto al Padre, pero nos deja Su Espíritu, para que esté siempre con nosotros. ¿Y esto que significa? O ¿Qué puede significar para quienes vivimos un mundo tan aprisa? No es otra cosa que la fuerza para vivir intensamente; la alegría para enfrentar los momentos difíciles, la luz para saber discernir frente a las sensaciones del éxito fácil y del consumo exacerbado. La claridad para descubrir la misión que Jesús nos ha dejado a cada uno aquí en la tierra: “Anunciar la buena Nueva a los pobres, curar a los enfermos, consolar a los tristes, liberar a los cautivos y anunciar a todos el año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19).
Porque esta realidad se hace presente en nuestras vidas por obra del Espíritu Santo que, también a través de los sacramentos, nos ilumina y nos vivifica. A través de Él somos llamados a ser discípulos misioneros de Jesús. [1]
Que, a través de estos Dones, nuestras vidas sean conducidas por el Espíritu Santo:
- Sabiduría, es ver sabiamente las cosas, no sólo con la inteligencia sino también con el corazón, tratando de ver las cosas como Dios las ve y comunicándolas de tal manera que los demás perciban que Dios actúa en nosotros: en lo que pensamos, decimos y hacemos;
- Inteligencia o Entendimiento, este Don nos permite conocer y comprender las cosas de Dios, la manera como actúa Jesucristo, descubrir inteligentemente, sobre todo en el Evangelio, que su manera de ser y actuar es diferente al modo de ser de la sociedad actual. Nos ayuda a entender el por qué de las cosas que nos manda Dios.
- Consejo: Nos ayuda a discernir y decidir a la luz de la voluntad de Dios. El Don de Consejo nos ayuda a enfrentar mejor los momentos duros y difíciles de la vida, al mismo tiempo que nos da la capacidad de aconsejar, inspirados en el Espíritu Santo.
- Fortaleza: Este Don concede ser fiel en la perseverancia, es una fuerza sobrenatural que nos alienta continuamente y nos ayuda a superar las dificultades que sin duda encontraremos en nuestro caminar hacia Dios. El ejemplo de Jesucristo, su pasión y su muerte, debe ser para nosotros un auténtico testimonio de fortaleza.
- Ciencia: Es el Don del Espíritu Santo que nos permite acceder al conocimiento, a descubrir la presencia de Dios en el mundo, en la vida, en la naturaleza, en el día, en la noche, en el mar, en la montaña.
- Piedad: Es un regalo que le da Dios al alma para ayudarle a amar a Dios como Padre y a los hombres como hermanos, ayudándolos y respetándolos.
- Temor de Dios: Nos induce a evitar el pecado porque ofende a Dios. Cuando se descubre el amor de Dios lo único que deseamos es hacer su voluntad y sentimos temor de ir por otros caminos. Con este Don tenemos la fuerza para vencer los miedos y aferrarnos al gran amor que Dios nos tiene. Reconozcamos en los Dones que recibimos del El Espíritu Santo, la fuerza para ser fieles al llamado del Maestro. Dejemos que esa Fuerza nos impulse a seguir siendo testigos de Jesús en el ambiente que no toca vivir y a discernir lo que Él nos pide día a día.
[1] Documento Aparecida, nº 152 y 153
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